Nationalia, a revista en liña do CIEMEN, vén de publicarme unha entrevista na que comento os recentes e esclarecedores datos do CIS, a crise non resolta do nacionalismo galego e o papel pasivo da AGE e de Anova. Aquí publícoa en castelán.

La serie histórica de sentimiento identitario diferencial gallego, es decir, aquel porcentaje de la población que se declara sólo gallega o más gallega que española, arranca en el año 1981, precisamente el del inicio del período autonómico, y permite afirmar que el aumento de la identidad gallega hasta aproximadamente el año 2000 ha corrido parejo a la creación de la Autonomía y a su consolidación (mayores recursos financieros y competencias), todo ello en unos años que globalmente considerados fueron de crecimiento económico y de consolidación del Estado del Bienestar, y que han permitido una paz social y política, en términos relativos, que se ha venido abajo con la actual crisis autonómica.

Haciendo abstracción de los antecedentes históricos (referendo masivo del Estatuto del 36 que llegó a ser admitido a trámite en Cortes justo antes del golpe de Estado fascista) no hay que olvidar que el punto de partida y las bases de la Autonomía gallega moderna son muy débiles. Galicia no es ni Euskadi ni Catalunya, ni puede serlo, y toda reproducción o transposición mimética de estas otras realidades nacionales a la nuestra está condenada al error.

El Estatuto de 1981 fue refrendado en las urnas por sólo un 28% de la población, correspondiendo el sí a algo menos del 21% del censo electoral. Este fracaso fundacional se explica por las posiciones contradictorias adoptadas en el seno del nacionalismo gallego, básicamente la versión contemporánea del 100% del galleguismo histórico, con una rama (la del BNG) oponiéndose frontalmente no sólo a la Autonomía sino a la Constitución de 1978 (refrendada mayoritariamente con anterioridad por la población gallega) y otra rama (la de UG/PSG-EG) apostando por la vía autonómica como instrumento válido para alcanzar la autodeterminación del pueblo gallego. Al mismo tiempo los partidos estatales (UCD fundamentalmente) cambiaron substancialmente la posición autónoma que en primera instancia mantenían en Galicia en favor de las directrices centralistas, recortando el alcance de las competencias inicialmente debatidas y generando rechazo y confusión entre la población. Como había ocurrido en el 36 Galicia volvió a sufrir las consecuencias de ser la última trinchera que el nacionalismo español estaba (y está) dispuesto a admitir en su hoja de ruta, impidiendo que la cuestión nacional se extienda más allá de Euskadi/Euskal Herria y Catalunya/Països Cataláns y activando todo su potencial ofensivo justo en cada momento histórico en el que Galicia aspira a elevar su nivel de autogobierno.

En mi opinión las series históricas de datos del CIS demuestran que la Autonomía, incluso siendo administrada en sus inicios casi exclusivamente por la derecha española en Galicia (UCD en la Preautonomía, PP de Fernández Albor primero, y Fraga después, con el interregno del gobierno tripartito PSdeG-PSOE/CG/PNG en 1987-1989) sirvió para elevar el grado de identificación y la toma de conciencia de la población con/de su carácter diferencial.

Este incremento de la conciencia identitaria se fraguó fundamentalmente entre la población situada en el centro de la escala de nacionalismo gallego, es decir, en posiciones ideológicas de nacionalismo moderado o simplemente galleguismo, espacio electoral que en la izquierda sigue existiendo a pesar de haber desaparecido casi por completo a la derecha. Este hecho contrasta con la realidad política y electoral del nacionalismo, donde acabó por triunfar la línea de máximos representada por el BNG: un nacionalismo más fuerte o puro que sin embargo nunca llegó a definirse como independentismo (el cual nunca supero el 8% en Galicia y se sitúa hoy en sólo el 2% del censo).

El BNG, a lomos de la generación del baby boom, tras el liderazgo de Xosé Manuel Beiras y en oposición al gobierno del PP de Manuel Fraga, acabó por unificar casi todo el nacionalismo gallego y se convirtió en segunda fuerza política en Galicia en 1997, coincidiendo con la etapa de máxima conciencia diferencial. Desde entonces tanto este sentimiento gallego como los resultados electorales del nacionalismo sólo han decrecido, y como posibles factores que pueden explicar este declive enumero, sin cualquier orden, los siguientes: la distancia entre la posición del BNG y la de su electorado en la dimensión nacional (votantes menos nacionalistas que la fuerza que han votado), el no reconocimiento o la ignorancia deliberada de esta realidad y la impermeabilidad al cambio de paradigma político, el fracaso de las experiencias de gobierno del BNG en las ciudades y principales municipios gallegos a partir de 1999, la decepción adicional que ha supuesto la pérdida del gobierno bipartito de la Xunta en 2009, la incorporación al censo electoral de generaciones nacidas en la Democracia que desconocen la historia de la lucha antifranquista y de construcción de los fundamentos teóricos y personales del nacionalismo gallego actual, o la campaña política y mediática beligerante del nacionalismo español contra los nacionalismos periféricos iniciada tras la llegada al poder central del PP de Aznar, que continuó incluso durante la etapa Zapatero y que llega hasta el presente.

Hay pues factores de carácter externo pero también internos. Sobre los últimos, aquellos sobre los que el nacionalismo gallego tiene capacidad de actuación, no ha habido movimiento alguno en los últimos 12 años, en los que el BNG sólo ha cosechado retrocesos electorales (desastre del Prestige y voto útil del 11M al margen). No ha habido cambios en el programa político del nacionalismo gallego, que en sus postulados y principios se ha conservado inmutable desde la Transición hasta nuestros días, con sólo algunos gestos pragmáticos (por veces incluso excesivos, consecuencia lógica de la enorme distancia entre la teoría y la realidad) en sus reducidos accesos a tareas de gobierno.

Pudiera pensarse que la escisión del BNG producida en 2012 viene a poner remedio a esta falta de adecuación del nacionalismo a la nueva realidad social, económica y político-identitaria, pero en este punto tengo que reafirmar mi escepticismo y criticar severamente la situación actual. La ruptura del BNG se produce más por cuestiones internas, organizativas y de lucha por el poder entre una generación de políticos nacionalistas aún sin relevo, que por reconocer abiertamente la no validez del proyecto nacionalista existente para la mayoría de la sociedad gallega y consecuentemente plantear alguna alternativa.

Siendo un rotundo acierto electoral la coalición Alternativa Galega de Esquerda (AGE), firmada por Anova (los escindidos del BNG capitaneados por Beiras) y Esquerda Unida (IU de Galicia), seis meses de legislatura después se puede afirmar rotundamente que AGE sólo existe como grupo unido en la vida parlamentaria y virtualmente en las cuentas de redes sociales administradas por su gabinete de prensa. Mientras, todas las organizaciones que la componen (además de las ya citadas, Equo y Espazo Ecosocialista Galego) hacen vida interna y realizan actividades y eventos por su cuenta, todo bajo el discurso nominal de un partido-movimiento que aún nadie ha explicado convincentemente en que consiste, como puede funcionar y, lo que es más importante, cómo puede llegar a gobernar.

Además, la adopción por parte de AGE de una estrategia parlamentaria encaminada a la confrontación y al escándalo (ciertamente, quizá la única manera de transcender a la opinión pública desde un ámbito, el de la política y el Parlamento, muy denostados) es una apuesta altamente arriesgada, por cuanto contribuye a desprestigiar la ya hoy cuestionada Autonomía.

Como indican los datos, con la llegada de esta crisis económica duradera se ha atribuido en exclusiva a las CC.AA. la culpa del déficit en el que en realidad ha incurrido el Estado, y la del derroche y la corrupción. El discurso dominante (al que se prestan la mayor parte de los medios en Galicia, gallegos o foráneos, públicos y privados, con la notable excepción de algunos digitales), en el que se mezclan el austericidio de la derecha con una demanda lógica y más transversal de racionalización y búsqueda de mayor eficiencia en el gasto público, ha provocado que por primera vez en la historia de la Autonomía sean más sus detractores que sus defensores. Esta realidad es nueva pero se venía dibujando desde el inicio de la crisis sin que nadie entre las organizaciones nacionalistas gallegas le haya prestado la menor atención, y se suma a la pérdida de sentimiento diferencial gallego que se había iniciado hace ya más de una década. La crisis económica y la recentralización del Estado han cogido con el pie cambiado al nacionalismo gallego, que no ha sabido o no ha querido solucionar su crisis estructural y ha optado por la introversión, aferrándose a sus viejas creencias y aspiraciones.

En este ámbito, el de la dimensión nacional, el soberanismo y el papel de Galicia en un modelo de Estado alternativo al de la decadente monarquía borbónica, la novedad política que representa AGE aún no ha propuesto nada más que el reconocimiento por parte de sus integrantes del derecho a decidir del pueblo gallego, unos desde el independentismo, otros desde el soberanismo y otros desde un modelo federal y descentralizado de España. Pero la realidad en Galicia es que está en cuestión incluso el mantenimiento del statu quo.

AGE centró todo su discurso electoral en la dimensión ideológica izquierda-derecha y en las cuestiones económicas, con notable éxito, y ha evitado este debate, problemático sin duda, pero que es el que a fin de cuentas y en el fondo está detrás del distanciamento entre nacionalismo y sociedad, y el que ha provocado casi todos los cambios en el posicionamento de los partidos en Galicia en los últimos 20 años, y, en consecuencia, el que ha determinado la evolución del conjunto del electorado y de la sociedad.

Cualitativamente la polarización en la dimensión nacional que se ha producido en Catalunya en los últimos años también se puede apreciar en Galicia, pero con masas críticas muy diferentes a ambos lados de la línea que marca el reconocimiento de una realidad nacional: el BNG ha reforzado su carácter nacionalista y, sobre todo, de izquierdas; mientras, AGE se percibe como menos nacionalista que el BNG, y es precisamento ésto lo que le ha permitido recibir votos tanto del BNG, dónde la mitad de sus votantes eran menos nacionalistas que esta organización, como del PSOE y de IU, situados mucho más abajo en esta misma escala de nacionalismo, pero más proclives que la derecha a reconocer el hecho diferencial gallego. El PSdeG-PSOE ha ido moviéndose entre el galleguismo y la obediencia centralista sin solución de continuidad, a pesar de que es en su faceta más autónoma donde siempre ha cosechado mejores resultados. Por su parte el PPdeG, no ha hecho más que españolizarse, arrastrando consigo a buena parte de la población gallega, y derechizarse, en este segundo caso sin alterar el centro de gravedad del electorado.

En las elecciones autonómicas AGE recogió un 50% de voto nacionalista (exBNG) y otro 50% que no lo es o es simplemente galleguista o federalista (IU y exPSOE). A pesar de ello AGE es percibido por la sociedad y por sus votantes como nacionalista. Y en esta dicotomía no reconocida, heredada del BNG, es dónde se juega su futuro, sin que, por ahora, haya movido ficha.

Tras las elecciones del pasado octubre la estrategia altisonante adoptada por AGE en el Parlamento Gallego le otorga notoriedad (y de paso le sirve para ocultar sus carencias organizativas y programáticas) pero sin embargo está contribuyendo al desprestigio de la Autonomía y de la política gallega en general. Así, la que debiera ser la última trinchera del nacionalismo gallego, nuestra malograda Autonomía, corre el riesgo de ser condenada por el nacionalismo contemporáneo en su apuesta inercial por la ruptura democrática y el soberanismo, lo que constituye un ejercicio de irresponsabilidad histórica para nada insólito: una repetición más del error cometido por parte del nacionalismo en el nacimiento de la Autonomía, en este caso obviamente más grave, por reiterado. Afirmar que las performances parlamentarias de Beiras buscan precisamente lo contrario, el prestigio y dignificación de la institución, es un argumento que puede tener valor interno para su militancia y para la parte más próxima de su recién estrenado y aún no fidelizado electorado, pero que en el resto de sus votantes y entre la población sólo alimenta una irracionalidad de la que la política gallega está ya más que sobrada.

Es cierto que la última encuesta publicada (La Voz de Galicia, en febrero de este año) dibujaba un escenario de pérdida de la mayoría absoluta del PP de Feijoo (sólo tres meses después de las elecciones y antes de que trascendiese el escándalo de su relación personal con el narcotraficante Marcial Dorado), que el sorpasso de AGE sobre el PSOE es algo más que una posibilidad, y que la suma de AGE+PSOE+BNG puede promover la llegada de un hipotético gobierno tripartito liderado por Beiras y de mayoría nacionalista. Sin embargo el dato principal es que ese escenario puede producirse con una abstención cercana al 50% y con elevados porcentajes de voto nulo y en blanco, como en 2012. En términos absolutos el nacionalismo gallego, el realmente existente y en cuanto no modere su propuesta en la dimensión nacional, sigue siendo minoritario en la sociedad. Puede haber un cambio político, pero la legitimidad de ese nuevo gobierno puede estar en entredicho, antes mismo de que hablemos de su estabilidad o de la situación económica y financiera que pudiera llegar a afrontar. 2016 está aún muy lejos, existe una elevada volatilidad y pueden cambiar (seguramente lo hagan) muchas cosas.

Los detractores de AGE, especialmente aquellos que dejó atrás en el BNG, pero últimamente también aquellos del PP que comienzan a verle las orejas al lobo y son conscientes de la posibilidad real de perder el gobierno de la Xunta, afirman que AGE es una coalición esencialmente inestable que no perdurará. Parecen llevar razón en lo primero, y en cuanto a lo segundo en manos de la propia AGE está el construir un nuevo proyecto político nacional para Galicia o efectivamente terminar la aventura antes de tiempo.

Aunque AGE ha nacido como una propuesta de Frente Amplio para Galicia y para este momento histórico, la Anova de Beiras ha entablado ya contactos con el nuevo portavoz del BNG (su discípulo en la Facultad de Ciencias Económicas de la USC, Xavier Vence) y habla sin rodeos de una geometría variable que permita a Anova presentarse a las elecciones europeas con una formulación electoral diferente a la que ha supuesto AGE. En el seno de Anova, que ha celebrado precisamente este fin de semana su primera Asamblea, dirimen sus fuerzas dos corrientes ideológicas (aunque de nuevo el debate del nacionalismo gallego se vaya a centrar interesada y pobremente en cuestiones organizativas y de alianzas electorales): una que desea volver a reunir el nacionalismo bajo unas únicas siglas (pero esta vez con el liderazgo de Anova sobre el BNG) sin tener que adaptar el programa político nacionalista a una realidad muy diferente a la de 1993, y otra que es consciente de que esa opción cerrada e inmobilista sólo conduce a repetir la historia, siendo necesario formular otro proyecto político del nacionalismo en esta tierra.

Esta reformulación de su oferta política es la necesidad urgente e imperiosa que tiene el nacionalismo gallego, que cada vez más ve acotado su nicho electoral a los nacionalistas antiespañoles y a la población menguante con sentimiento diferencial gallego, pero que es incapaz de conectar con el electorado mixto (tan gallego como español) salvo en aquellas ocasiones puntuales en las que existe un voto de castigo más o menos duradero al PSOE que acaba refugiándose en la alternativa existente en la izquierda en cada momento.

El lector catalán o vasco se preguntará cómo es posible que no emerja una alternativa de centroderecha al PP en Galicia. Ya he comentado que las diferencias de Galicia con Euskadi o Catalunya son notables. Aquí no existe una burguesía gallega y/o galleguista, y tan sólo podemos hablar de una cierta élite ilustrada muy vinculada al mundo académico y a los organismos e instituciones de ámbito cultural creados en el momento fundacional de la Autonomía o durante su consolidación, al calor de los buenos tiempos de la economía.

La experiencia de un partido galleguista de masas como el Partido Galeguista de la Segunda República choca con la realidad de una Galicia que ya no es ni 90% rural, ni encuentra su sustento económico mayoritario en la agricultura, ni posee un bajo nivel de escolarización, ni alberga los centros de decisión de sus principales empresas, ni se expresa mayoritariamente en su idioma propio (al menos en los ámbitos públicos).

Fraga supo conectar con el espacio difuso de ese galleguismo de derechas, que en buena medida también era franquista y caciquil, y supo fidelizarlo. Primero asimiló el voto que en su día llegó a tener Coalición Galega, y a continuación ofreció cobertura al proceso de españolización de ese electorado, poniendo la cara en Galicia mientras en Madrid Aznar construía el PP antinacionalista (o nacionalista español) y centralista que hoy conocemos.

Todo el empresariado gallego que los 16 años de etapa fraguiana ha podido generar o promover está hoy próximo a esta formación política, y el transvase de fidelidades a otros gobernantes (testado sin éxito por ambos integrantes de la Xunta bipartita entre 2005 y 2009) dura únicamente lo que dura cada gobierno.

Desde luego la hegemonía del PP en Galicia es un obstáculo muy importante al surgimiento de una nueva fuerza en el espacio de centroderecha. La realidad está demostrando que hay más posibilidades de que surjan partidos en el centroderecha no nacionalista (UPyD, o la reciente operación de Mario Conde con SCD) que en el nacionalista, dado que es allí y no aquí donde existe masa crítica y dónde tanto el PP con su proceso de derechización como la crisis del PSOE están generando un vacío. Pero la gravedad del PP es tan intensa que ni siquiera UPyD ha logrado obtener representación en Galicia.

El espacio de centroderecha galleguista, nunca nacionalista, se ha ido vaciando de electores conforme el PPdeG ha ido variando su carácter rural y se ha ido aproximando al urbanita y al genovés. Estas personas han ido perdiendo su débil carácter galleguista en los últimos tiempos, especialmente entre 2001 y 2005 tras la mayoría absoluta de Aznar. Han sido progresivamente españolizados en paralelo al proceso de desgalleguización del PPdeG, a quien mantienen incólume su fidelidad electoral, como se acaba de ver en las últimas elecciones autonómicas, incluso a pesar del abandono y abierto enfrentamiento del gobierno Feijoo con las tesis más galleguistas que en otro tiempo había tenido, siquiera nominalmente, Fraga.

Por tanto, el nacionalismo gallego de centroderecha, experimentado en 2012 con sendos fracasos electorales por Compromiso por Galicia (la mímesis gallega de Convergència o el PNV con una leve pátina de socialdemocracia) y Converxencia XXI (neoliberales a la gallega sin complejos) es una quimera. Existen dirigentes pero fallan la base social y los resortes de poder para la conversión de intereses en su favor.

Etiquetas:
 

One Response to Outra asemblea nacionalista de costas á realidade

  1. […] Por iso a crise afecta tanto ao BNG como á AGE. Xa comentei as razóns antes, durante e despois das eleccións do […]

Deixa unha resposta

O teu enderezo electrónico non se publicará Os campos obrigatorios están marcados con *

*